diumenge, 1 / novembre / 2009
dijous, 29 / octubre / 2009
Historia como conocimiento
El enunciado “la historia como conocimiento” supone que el concepto historia tiene otros usos, otras variantes y, por lo tanto, hace necesario ser matizado. Reinhart Koselleck nos habla en sus Geschichtliche Grundbegriffe de tres significados históricos del concepto historia, a saber: “1. Lo que ha sucedido, una cosa sucedida […], 2. La narración de esta historia o de los eventos acontecidos; la Historia [Historie] […] 3. El conocimiento de los eventos acontecidos, la ciencia de la historia; sin plural.”1. En esta definición, Koselleck utiliza dos términos para dos de los significados, que si bien el alemán los posee, en castellano únicamente podemos limitarnos a usar como historia e Historia. Estos términos son geschichte para el hecho en sí, lo que ha sucedido en el pasado e Historie como la narración sobre ese hecho. La importancia de esta distinción conceptual, en mi opinión, es el interés que suscita el hecho de que Historie (Historia) se diferencie de geschichte (historia) por referirse a un hecho en el presente. Es decir, si la historia en sí, como suceso nos remite exclusivamente al pasado, la Historia como narración de un suceso, nos remite exclusivamente al presente, y sólo se refiere al pasado como una interpretación o representación de él.
La historia como conocimiento, por tanto, es un significado del concepto historia que nos remite al presente, a la disciplina histórica. Quizás sea este un término que se asemeje más a la Historia de Heródoto, sinónimo de investigación. Tal y como lo define E. H. Carr, la historia como conocimiento sería “la relación del historiador con los hechos históricos”2. Dicho de otro modo, también podría ser la relación de la Historie con el geschichte, o una investigación en el presente sobre el pasado. En este último planteamiento lo interesante sería que el trabajo del historiador, es un conocimiento que trata con hechos que no puede ver directamente, que ocurrieron en el pasado y sólo permanecen en testimonios indirectos. Este hecho es el que ha obsesionado a los historiadores desde antaño, la manera de que el hecho histórico en el pasado cobrara realidad en el presente. Ranke quería “exponer como ocurrieron en realidad las cosas”3, para Droysen, sin embargo, “los pasados no existen ya en ninguna parte, sino solamente en lo que queda de ellos”4. Bien reconstrucción, bien interpretación, el pasado sólo puede aprehenderse desde el presente, bien a partir de los testimonios o bien a partir de teorías. Y en mitad de estas reflexiones, es útil recordar el consejo que da Lucien Febvre a sus alumnos: “para hacer historia, volved la espalda resueltamente al pasado”5; en esta afirmación, historia y pasado ni siquiera son sinónimos. La historia como conocimiento es un concepto esencialmente del presente.
Cabría hacerse unas preguntas por lo que respecta a la historia en sí, como acontecimiento. ¿Tiene sentido aplicar un término a este significado? Es decir, superando la unión de conceptos de la que habla Koselleck de Historie-geschichte, donde acontecimiento pasado y narración sobre ese hecho se fusionan, ¿tiene sentido aplicar un término a un acontecimiento en el pasado? Sobre todo si se entiende que el pasado es inaccesible como tal, simpl-emente a través de la representación o interpretación en el presente. Así pues, ¿hasta que punto la significación de Heródoto de su historia como “investigación” no sería la más apropiada para una historia como conocimiento del pasado?
Por mi parte, y a riesgo de que una afirmación es más peligrosa que una duda, quizás la concepción de historia como hecho en sí, como pasado, habría que desterrarla para volver a un significado de la historia como investigación, dando a entender que el hecho pasado sólo se aprehende desde el presente y en forma de interpretación precedida de una investigación. Sin embargo, nos topamos con otro problema en la historia como conocimiento. Y es la historia como ciencia.
Según Alan F. Chalmers, si entendemos la ciencia como un conocimiento que se basa en “lo que podemos ver, oír y tocar y no en opiniones personales o en la imaginación especulativa”6, la historia como conocimiento jamás podría ser una “historia como ciencia”, ya que el pasado no siempre se puede ver u oir, y mucho menos tocar. Sin embargo, Chalmers es muy cuidadoso con todo lo referente a la observación empírica, y no sólo propone una observación subordinada a la expectativa y limitada conceptual y culturalmente, si no que la denomina “activa y pública” -en contraposición a “pasiva y privada”- donde el hecho en sí -¿podríamos denominarlo ahora geschichte?- se convierte en un enunciado sobre el hecho en sí -¿Historie?- pasando a ser este enunciado la base sobre la que se construye una ciencia. A riesgo de comparaciones complicadas, equiparando el enunciado del que habla Chalmers, que es una interpretación sobre un hecho, al conocimiento histórico, que se compondría de una serie de interpretaciones -enunciados- sobre el pasado, podríamos hablar de un hecho en el pasado, inaccesible directamente, sólo interpretable, y por tanto, en gran medida subjetivo, a un enunciado que podría denominarse, no sin gran temeridad, objetivo. Teniendo en cuenta, claro está, la dificultad de utilizar objetivo y subjetivo en un tema como este.
En conclusión, si es que puede llegar a alguna conclusión, el conocimiento histórico es un concepto difícil de definir por cuando a que desde el pasado al presente a recibido gran cantidad de consideraciones y significados distintos -por no hablar de todas las connotaciones sociopolíticas que derivan de ello, y en las que no voy a entrar- y, además, ha tenido el handicap de que historia es una palabra con gran cantidad de significados y de connotaciones temporales -¿se refiere al pasado, se refiere al presente?-. Además, como en cierta manera, somos esclavos del tiempo presente, el siglo XXI puede caracterizarse por haber comenzando en una época de dudas, crisis, incertidumbres y sobre todo, de gran multipolaridad, donde se ha abierto una gran número de posibilidades a la hora de definir conceptos -por no hablar de todas las variantes que abre la posmodernidad- y que, desde luego, podemos aplicar a este tema. Sin embargo, sí que podemos decir que el conocimiento histórico -incluso ciencia histórica- es una manera de interpretar el mundo que nos rodea, ya sea pasado o presente, siempre teniendo en cuenta que la palabra “interpretación” -o quizás también “aproximación”- nos da la seguridad de acertar a la hora de exponer cual es el trabajo del historiador y, por tanto, del conocimiento histórico. Otro tema sería cual es el interés de un investigador o de un científico el “necesitar” que su objeto de estudio -y su forma de ganarse de ganarse la vida- esté rodeada de un número aceptable de certezas para adquirir cierto reconocimiento o razón de ser, en una -¿nueva?- modernidad que amanece llena de incertezas. Aunque, por otro lado, si lo que hace siglos tenía consideración de ciencia -y con ello prestigio- ahora se llama filosofía -como sinónimo de “imaginación especulativa”- quizás en un futuro muchas de las certezas que aceptamos como ciencia acaben en más filosofía.
1KOSELLECK, REINHART; historia/Historia; Minima Trotta; Madrid; 2004; pág. 44.
2CARR, E. H.; ¿Qué es la historia?; Ariel Historia; Barcelona; 2006; pág. 104.
3RANKE, LEOPOLD VON; Historia de los pueblos latinos y germánicos (1824).
4DROYSEN, J. G.; Histórica. Lecciones sobre la Enciclopedia y metodología de la historia (1977).
5FEBVRE, LUCIEN; Combates por la historia (1970).
6CHALMERS, F. ALAN; ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?; Siglo XXI; Madrid; 2006; pág. 1.
dilluns, 19 / octubre / 2009
A propósito del Congo
“¡Mamá, me muero! ¡Mamá, me muero! ¿Qué he hecho?”. Anastasie, una joven congoleña de veintidós años cuenta como un grupo Maï-Maï armados con palos pegan hasta el desmayo y a su hijo a su marido. Quieren dinero, pero la familia de Anastasie no tiene nada de que darles y ellos se lo cobran con violencia. Esa noche, el marido de Anastasie huye con otros hombres, por miedo a la violencia de los Maï-Maï, pero a ella no le avisan. Ese mismo día, Anastasie tiene que sufrir delante de su hijo como los Maï-Maï la violan. Ella no recuerda cuantas veces ni cuantas hombres eran. Estaba embarazada. “Sangré tanto que perdí el niño. Si vuelvo a verlos vomitaré”.
Anastasie está contando su historia en un corto-documental de Win Wenders, “Crímenes invisibles”, para Médicos sin Fronteras, sobre las violaciones sistemáticas de derechos humanos en la República Democrática del Congo. Está sentada en una silla, en lo que parece ser una clase, pero su imagen desaparece como desaparece su historia. El documental termina: “Las mujeres hacen todo el trabajo, pero no tienen derechos. Están absolutamente desprotegidas, incluso por la ley. Todos los grupos armados son una amenaza para ellas, desde las tropas rebeldes de los Maï-Maï hasta los soldados del gobierno incluso la policía”.
Lo que no explica el documental es porqué en un país tan rico en recursos naturales existe tanta violencia y tanta inestabilidad política. Según el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitarias, “la explotación de dichos recursos es con frecuencia un factor determinante en los conflictos y un vector de pobreza y subdesarrollo” que “requiere la participación activa de toda la comunidad internacional”. Además, en este conflicto entran en juego muchos actores, internos y externos, y todos tienen en común el interés por la explotación de sus recursos naturales, especialmente del coltán. Las llamadas “redes de élite”, según un informe de la ONU, se conforman de militares, grupos rebeldes, fuerzas de seguridad privadas, organizaciones criminales y un centenar de empresas. Incluso el gobierno de Ruanda, que “explota, entre otros recursos, el 70% del coltán de RDC”.
En contraste con estos actores, existen un surtido grupo de organizaciones no gubernamentales, Médicos sin Fronteras, Cruz Roja, Cáritas, Unicef, Global Witness, Acnur, se dedican a poner de relieve un conflicto que cae en el olvido mientras tratan de poner los medios que no pone el Estado congoleño. Sin olvidar que la crisis económica merma la capacidad de estas organizaciones. Todas coinciden: miseria, guerra, terror colectivo, violaciones, malaria, sociedad sin ley, contaminación, trabajo difícil, condiciones intolerables, matanzas, desnutrición, suciedad, desánimo, apatía, pérdida del estado vital, explotación infantil, guerra eterna.
Este conflicto, definido de guerra étnica por la comunidad internacional, hunde sus raíces en la historia, en la época de la colonización por parte de Bélgica de este territorio tan rico de los Grandes Lagos. En 1885 pasó a formar parte del propio patrimonio de Leopoldo II (Conferencia de Berlín) y fue llamado “Estado libre del Congo”. Desde este momento comienza una época de expolio continuo a sus recursos naturales por parte de actores exterior, actuando desde el paternalismo y apartando sistemáticamente a sus nativos de la dirección del territorio. No fue hasta el 1959 cuando la ONU, en sus programas de descolonización forzó a la celebración de unas elecciones libres que dieron el poder al Movimiento Nacional Congoleño de Patrice Lumumba. El cual soñó para la República Democrática del Congo un futuro de independencia real. Y que no quiso dejar en el olvido todo un pasado de injusticia, tal y como recordaba en un discurso el 30 de junio de 1960 en el Palacio de la Nación de Léopoldville:
“Ningún congoleño digno de este nombre podrá olvidar nunca que ha sido conquistada [la independencia] mediante la lucha, una lucha de todos los días, una lucha ardorosa e idealista, una lucha en la que no hemos escatimado ni nuestras fuerzas, ni nuestras privaciones, ni nuestros sufrimientos, ni nuestra sangre. [...] ¿Quién olvidará los fusilamientos en los que tantos hermanos nuestros perdieron la vida, los calabozos a los que fueron brutalmente arrojados los que no querían seguir sometidos al régimen de una justicia de opresión y de explotación?”
Lumumba sería asesinado un año después por obra de agentes exteriores y sería el dictador Mobutu Sese Seko el que tomaría las riendas del territorio desde 1965 a 1997. Además, en 1994, el ejército de Ruanda invadiría el Congo arremetiendo contra los tutsis, que posteriormente se erigirían como una milicia en manos de Laurent Nkunda, quien actualmente azota a la población congoleña sin que las fuerzas armadas de la ONU, con órdenes de no interferir en las consideradas luchas internas, hagan nada para evitarlo, y sin que el Estado, deshecho y salpicado de un muy alto nivel de corrupción pueda poner medios para la democratización real y la pacificación del país.
De esta manera, hoy día la población congoleña pide medicinas, plásticos, escuelas, comida, trabajo, seguridad, incluso agua en vano, sin una estructura de poder que pueda satisfacer esas necesidades básicas. Según las ONGs los hospitales no son suficientes y los servicios básicos se han privatizado sin un Estado que pueda sostenerlos, ni protegerlos. El problema de la violencia sistemática es un pez que se muerde la cola, los grupos armados secuestran niños que reciben instrucción militar y armamento, fomentando su odio que genera cada vez más violencia y más violencia. Estos a su vez acaban violando a las mujeres y asesinando a los hombres.
Sin embargo, ¿es realmente un problema étnico como afirma la comunidad internacional? Global Witness y otras organizaciones, el problema gira en torno a la riqueza material de la República Democrática del Congo, en concreto del coltán, material necesario para las nuevas tecnologías y las industrias de defensa. Según Global Witness: “For years, Congo’s politicians have struck deals that enrich themselves but provide no benefit to the Congolese public. Profits from such deals have often come at the cost of enormous suffering and loss of human lives”. Poniendo de relieve como el beneficio económico desmesurado ha ido acompañado de miseria y violencia y, en ningún caso, ha revertido en la población congoleña. Y lo sigue siendo actualmente: “Since the start of the transitional government in June 2003, armed groups linked to neighboring countries and corrupt Congolese government officials have continued illicit economic exploitation in the country”. Además, la existencia de la Comisión Lutundula, que pide al Estado congoleño una moratoria sobre la firma de nuevos contratos y una revisión de los firmados desde 2003 por ser ilegales, no ha cambiado nada. Y mientras el negocio de los minerales de la República Democrática del Congo enriquecen a agentes extranjeros, la violencia aumenta y contribuye al negocio ilegal -más lucrativo-, “belligerents used some of their profits to finance further military operations that often involved widespread human rights abuses against civilians and violations of international humanitarian law. The war is estimated to have caused the deaths of four million people in Congo, the highest death toll in terms of civilian lives since World War II”.
Así, la corrupción continua, y en un momento que oficialmente es de “fin de la guerra”, la violencia continua, el Estado sigue sin tener poder real, la República del Congo sigue sin ser Democrática mientras “quienes estaban detrás de la guerra y la explotación del coltán eran eficientes ministros, generales y políticos”. La ONU ha establecido la misión de paz del MONUC, pero como en otros casos dentro de África, no consigue resultados reales. La problemática de la gestión de los recursos naturales continua y la cifra de afectados aumenta día a día... mientras, las organizaciones piden más compromiso internacional mientras la crisis reduce sus recursos no gubernamentales y la segunda versión de Play Station de la compañía Sony aplaza su salida en los países ricos por escasez de coltán.
Y a casi veinte años del asesinato de Patrice Lumumba, las palabras que dejó escritas desde una celda antes de morir resuenan en el vacío, mientras Anastasie, de veintidós años desaparece con ellas:
“Pero lo que queremos para nuestro país, su derecho a una vida honorable, a una dignidad sin tacha, a una independencia sin restricciones, el colonialismo belga y sus aliados occidentales que han encontrado apoyos directos e indirectos, deliberados y no deliberados entre determinados funcionarios de Naciones Unidas, este organismo en el que hemos puesto toda nuestra confianza cuando hemos recurrido a su apoyo, nunca lo quiso.
Ellos corrompieron a algunos de nuestros compatriotas, compraron a otros, contribuyeron a deformar la verdad y a manchar nuestra independencia. [...] Es el Congo, es nuestro pobre pueblo cuya independencia ha sido transformada en una jaula donde nos contemplan con compasión benévola como con alegría y complacencia”.
Bibliografía utilizada:
- LUDO DE WITTE; El asesinato de Lumumba; Crítica; Barcelona; 2000.
- GARCÍA-LUENGOS, JESÚS; La gestión de los recursos naturales en África subsahariana, clave para la paz y el desarrollo; Revista Española de Desarrollo y Cooperación; Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria; 2005.
- Los artículos “Viaje al corazón de las tinieblas” de Mario Vargas Llosa (11/01/2009) y “Coltán, el regalo envenenado de Congo” de Oriol Güell (14/12/2008) publicados en El País.
- Informe de Global Witness “DR Congo: End Illegal Exploitation of Natural Resources” (http://www.globalwitness.org/media_library_detail.php/422/e /dr_congo_end_illegal_exploitation_of_natural_resou).
- Corto-documental de Win Wenders para Médicos sin Fronteras “Crímenes invisibles”.


