“¡Mamá, me muero! ¡Mamá, me muero! ¿Qué he hecho?”. Anastasie, una joven congoleña de veintidós años cuenta como un grupo Maï-Maï armados con palos pegan hasta el desmayo y a su hijo a su marido. Quieren dinero, pero la familia de Anastasie no tiene nada de que darles y ellos se lo cobran con violencia. Esa noche, el marido de Anastasie huye con otros hombres, por miedo a la violencia de los Maï-Maï, pero a ella no le avisan. Ese mismo día, Anastasie tiene que sufrir delante de su hijo como los Maï-Maï la violan. Ella no recuerda cuantas veces ni cuantas hombres eran. Estaba embarazada. “Sangré tanto que perdí el niño. Si vuelvo a verlos vomitaré”.
Anastasie está contando su historia en un corto-documental de Win Wenders, “Crímenes invisibles”, para Médicos sin Fronteras, sobre las violaciones sistemáticas de derechos humanos en la República Democrática del Congo. Está sentada en una silla, en lo que parece ser una clase, pero su imagen desaparece como desaparece su historia. El documental termina: “Las mujeres hacen todo el trabajo, pero no tienen derechos. Están absolutamente desprotegidas, incluso por la ley. Todos los grupos armados son una amenaza para ellas, desde las tropas rebeldes de los Maï-Maï hasta los soldados del gobierno incluso la policía”.
Lo que no explica el documental es porqué en un país tan rico en recursos naturales existe tanta violencia y tanta inestabilidad política. Según el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitarias, “la explotación de dichos recursos es con frecuencia un factor determinante en los conflictos y un vector de pobreza y subdesarrollo” que “requiere la participación activa de toda la comunidad internacional”. Además, en este conflicto entran en juego muchos actores, internos y externos, y todos tienen en común el interés por la explotación de sus recursos naturales, especialmente del coltán. Las llamadas “redes de élite”, según un informe de la ONU, se conforman de militares, grupos rebeldes, fuerzas de seguridad privadas, organizaciones criminales y un centenar de empresas. Incluso el gobierno de Ruanda, que “explota, entre otros recursos, el 70% del coltán de RDC”.
En contraste con estos actores, existen un surtido grupo de organizaciones no gubernamentales, Médicos sin Fronteras, Cruz Roja, Cáritas, Unicef, Global Witness, Acnur, se dedican a poner de relieve un conflicto que cae en el olvido mientras tratan de poner los medios que no pone el Estado congoleño. Sin olvidar que la crisis económica merma la capacidad de estas organizaciones. Todas coinciden: miseria, guerra, terror colectivo, violaciones, malaria, sociedad sin ley, contaminación, trabajo difícil, condiciones intolerables, matanzas, desnutrición, suciedad, desánimo, apatía, pérdida del estado vital, explotación infantil, guerra eterna.
Este conflicto, definido de guerra étnica por la comunidad internacional, hunde sus raíces en la historia, en la época de la colonización por parte de Bélgica de este territorio tan rico de los Grandes Lagos. En 1885 pasó a formar parte del propio patrimonio de Leopoldo II (Conferencia de Berlín) y fue llamado “Estado libre del Congo”. Desde este momento comienza una época de expolio continuo a sus recursos naturales por parte de actores exterior, actuando desde el paternalismo y apartando sistemáticamente a sus nativos de la dirección del territorio. No fue hasta el 1959 cuando la ONU, en sus programas de descolonización forzó a la celebración de unas elecciones libres que dieron el poder al Movimiento Nacional Congoleño de Patrice Lumumba. El cual soñó para la República Democrática del Congo un futuro de independencia real. Y que no quiso dejar en el olvido todo un pasado de injusticia, tal y como recordaba en un discurso el 30 de junio de 1960 en el Palacio de la Nación de Léopoldville:
“Ningún congoleño digno de este nombre podrá olvidar nunca que ha sido conquistada [la independencia] mediante la lucha, una lucha de todos los días, una lucha ardorosa e idealista, una lucha en la que no hemos escatimado ni nuestras fuerzas, ni nuestras privaciones, ni nuestros sufrimientos, ni nuestra sangre. [...] ¿Quién olvidará los fusilamientos en los que tantos hermanos nuestros perdieron la vida, los calabozos a los que fueron brutalmente arrojados los que no querían seguir sometidos al régimen de una justicia de opresión y de explotación?”
Lumumba sería asesinado un año después por obra de agentes exteriores y sería el dictador Mobutu Sese Seko el que tomaría las riendas del territorio desde 1965 a 1997. Además, en 1994, el ejército de Ruanda invadiría el Congo arremetiendo contra los tutsis, que posteriormente se erigirían como una milicia en manos de Laurent Nkunda, quien actualmente azota a la población congoleña sin que las fuerzas armadas de la ONU, con órdenes de no interferir en las consideradas luchas internas, hagan nada para evitarlo, y sin que el Estado, deshecho y salpicado de un muy alto nivel de corrupción pueda poner medios para la democratización real y la pacificación del país.
De esta manera, hoy día la población congoleña pide medicinas, plásticos, escuelas, comida, trabajo, seguridad, incluso agua en vano, sin una estructura de poder que pueda satisfacer esas necesidades básicas. Según las ONGs los hospitales no son suficientes y los servicios básicos se han privatizado sin un Estado que pueda sostenerlos, ni protegerlos. El problema de la violencia sistemática es un pez que se muerde la cola, los grupos armados secuestran niños que reciben instrucción militar y armamento, fomentando su odio que genera cada vez más violencia y más violencia. Estos a su vez acaban violando a las mujeres y asesinando a los hombres.
Sin embargo, ¿es realmente un problema étnico como afirma la comunidad internacional? Global Witness y otras organizaciones, el problema gira en torno a la riqueza material de la República Democrática del Congo, en concreto del coltán, material necesario para las nuevas tecnologías y las industrias de defensa. Según Global Witness: “For years, Congo’s politicians have struck deals that enrich themselves but provide no benefit to the Congolese public. Profits from such deals have often come at the cost of enormous suffering and loss of human lives”. Poniendo de relieve como el beneficio económico desmesurado ha ido acompañado de miseria y violencia y, en ningún caso, ha revertido en la población congoleña. Y lo sigue siendo actualmente: “Since the start of the transitional government in June 2003, armed groups linked to neighboring countries and corrupt Congolese government officials have continued illicit economic exploitation in the country”. Además, la existencia de la Comisión Lutundula, que pide al Estado congoleño una moratoria sobre la firma de nuevos contratos y una revisión de los firmados desde 2003 por ser ilegales, no ha cambiado nada. Y mientras el negocio de los minerales de la República Democrática del Congo enriquecen a agentes extranjeros, la violencia aumenta y contribuye al negocio ilegal -más lucrativo-, “belligerents used some of their profits to finance further military operations that often involved widespread human rights abuses against civilians and violations of international humanitarian law. The war is estimated to have caused the deaths of four million people in Congo, the highest death toll in terms of civilian lives since World War II”.
Así, la corrupción continua, y en un momento que oficialmente es de “fin de la guerra”, la violencia continua, el Estado sigue sin tener poder real, la República del Congo sigue sin ser Democrática mientras “quienes estaban detrás de la guerra y la explotación del coltán eran eficientes ministros, generales y políticos”. La ONU ha establecido la misión de paz del MONUC, pero como en otros casos dentro de África, no consigue resultados reales. La problemática de la gestión de los recursos naturales continua y la cifra de afectados aumenta día a día... mientras, las organizaciones piden más compromiso internacional mientras la crisis reduce sus recursos no gubernamentales y la segunda versión de Play Station de la compañía Sony aplaza su salida en los países ricos por escasez de coltán.
Y a casi veinte años del asesinato de Patrice Lumumba, las palabras que dejó escritas desde una celda antes de morir resuenan en el vacío, mientras Anastasie, de veintidós años desaparece con ellas:
“Pero lo que queremos para nuestro país, su derecho a una vida honorable, a una dignidad sin tacha, a una independencia sin restricciones, el colonialismo belga y sus aliados occidentales que han encontrado apoyos directos e indirectos, deliberados y no deliberados entre determinados funcionarios de Naciones Unidas, este organismo en el que hemos puesto toda nuestra confianza cuando hemos recurrido a su apoyo, nunca lo quiso.
Ellos corrompieron a algunos de nuestros compatriotas, compraron a otros, contribuyeron a deformar la verdad y a manchar nuestra independencia. [...] Es el Congo, es nuestro pobre pueblo cuya independencia ha sido transformada en una jaula donde nos contemplan con compasión benévola como con alegría y complacencia”.
Bibliografía utilizada:
- LUDO DE WITTE; El asesinato de Lumumba; Crítica; Barcelona; 2000.
- GARCÍA-LUENGOS, JESÚS; La gestión de los recursos naturales en África subsahariana, clave para la paz y el desarrollo; Revista Española de Desarrollo y Cooperación; Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria; 2005.
- Los artículos “Viaje al corazón de las tinieblas” de Mario Vargas Llosa (11/01/2009) y “Coltán, el regalo envenenado de Congo” de Oriol Güell (14/12/2008) publicados en El País.
- Informe de Global Witness “DR Congo: End Illegal Exploitation of Natural Resources” (http://www.globalwitness.org/media_library_detail.php/422/e /dr_congo_end_illegal_exploitation_of_natural_resou).
- Corto-documental de Win Wenders para Médicos sin Fronteras “Crímenes invisibles”.